«Antes de convertirme en doula, fui madre. Antes de enseñar a otros padres a cuidar de sus bebés, yo misma estaba aprendiendo a abrazar la maternidad mientras luchaba por alcanzar mis propios sueños».
Vengo de los cielos del sur, donde los Andes acunan el corazón del Perú, un país maravilloso de paisajes imponentes, colores vibrantes, tradiciones milenarias, música e historias entretejidas a lo largo de generaciones de mujeres que han sabido cuidar con sabiduría, ternura y gracia. Una tierra de cultura profundamente arraigada en la familia, la fortaleza y el amor.
Es la tierra donde nací, donde se forjaron mis valores y donde aprendí que la educación no consiste simplemente en adquirir conocimientos, sino en tener el poder de transformar vidas.
«La educación es la clave del éxito».
Esta convicción me llevó a la prestigiosa Universidad Nacional de Trujillo, donde emprendí mis estudios para obtener el grado de Bachiller en Educación.
Pero mis años universitarios fueron muy diferentes a los de la mayoría de los estudiantes.
No era solamente una joven persiguiendo sus sueños. Era también una madre soltera, criando a mi único y amado hijo.
Mientras asistía a mis clases universitarias, mi pequeño estaba allí, a mi lado. Entre lecciones, trabajos y exámenes, lo amamantaba, lo consolaba y continuaba estudiando.
Era la única madre en el campus que llevaba adelante aquellos dos mundos de esa manera: asumiendo las responsabilidades de la maternidad mientras luchaba por alcanzar una educación universitaria.
Ser madre soltera me enseñó que el amor no es simplemente algo que sentimos. Es algo que demostramos mediante el sacrificio, la perseverancia, la paciencia y la determinación de construir un futuro mejor para quienes dependen de nosotros.
Hubo desafíos, días difíciles y momentos en los que tuve que encontrar fuerzas que ni siquiera sabía que poseía. Sin embargo, mi hijo le dio a mi camino un propósito todavía más profundo.
La maternidad no puso fin a mis sueños. Me dio una razón más poderosa para perseguirlos.
Mi hijo nunca fue un obstáculo para mi educación. Fue mi inspiración, mi compañero de camino y esa hermosa razón que me impulsaba a seguir adelante.

Más que un logro académico, aquel momento representa el amor, la determinación y la perseverancia de una madre que luchó por alcanzar sus sueños mientras criaba a su hijo.
No recorrí aquel camino sola. Mi hijo formó parte de cada paso y ese día tan inolvidable lo celebramos juntos.
Mucho antes de comprender cuál sería mi verdadera vocación profesional, la vida ya me estaba enseñando el significado de cuidar, nutrir, comprender, tener paciencia y perseverar.
Aquellas enseñanzas permanecieron conmigo cuando, tiempo después, mi camino me llevó a los Estados Unidos.
Cuando llegué a Los Ángeles, no conocía a nadie. Tuve que comenzar desde cero, guiada por la fe, un propósito y un profundo amor por mi hijo.
Y mientras construía una nueva vida, todavía no imaginaba que algo extraordinario me estaba esperando.
Aún no sabía que mi propósito en la vida me aguardaba en las horas silenciosas y sagradas de la noche, entre las suaves respiraciones de los recién nacidos y la dulce fortaleza de las madres que comenzaban a encontrar su propio camino.
Mi destino comenzó a revelarse cuando fui contratada por una familia y conocí a una profesional que me abrió las puertas al mundo de las doulas. Aquel encuentro cambió mi vida. Fue como si mi verdadera vocación, finalmente, hubiera encontrado su nombre.
Comencé mi trayectoria como Doula de Parto (Birth Doula), pero pronto descubrí que mi verdadera pasión estaba en el mundo del posparto, en esos momentos tan íntimos y delicados en los que las madres y sus recién nacidos necesitan, más que nunca, comprensión, tranquilidad y cuidados llenos de amor.
A medida que crecía mi pasión, también crecía mi deseo de aprender, servir y marcar una diferencia significativa en la vida de las familias. Con los años, amplié mis conocimientos y mi formación profesional, convirtiéndome en Doula de Posparto, Especialista en el Cuidado del Recién Nacido y del Bebé, y Educadora de Nuevos Padres.
Aquel camino comenzó hace más de 25 años. Desde entonces, he tenido el honor de acompañar a más de mil familias y orientar a una generación de doulas, muchas de ellas pertenecientes a mi propia comunidad latina.
Fue aquí donde encontré una hermosa manera de unir dos de los grandes amores de mi vida: mi pasión por la educación y mi amor por las madres, los bebés y las familias.
A lo largo de los años, he tenido el privilegio de caminar junto a familias de diferentes culturas, orígenes e historias de vida. Cada bebé me ha recordado la extraordinaria belleza de los nuevos comienzos, y cada madre y cada padre me han enseñado algo sobre el amor, la valentía y la grandeza del corazón humano.
«Nunca dejamos de aprender cómo hacer las cosas cada día mejor».
Esta es una convicción que me ha acompañado durante toda mi trayectoria profesional. Cada familia es única, cada bebé tiene algo nuevo que enseñarnos y cada experiencia nos ofrece una oportunidad para crecer.
Para mí, orientar, educar y enseñar a los padres se ha convertido en mucho más que una profesión. Se ha convertido en un arte: un arte construido con conocimientos, experiencia, paciencia y amor.
Pero no importa cuántos años transcurran, a cuántas familias acompañe o cuán lejos me lleve mi profesión: jamás olvidaré dónde comenzó mi historia.
Sigo siendo aquella madre peruana que creyó en la educación, que sostuvo a su pequeño entre sus brazos mientras perseguía sus sueños y que se negó a tener que elegir entre amar a su hijo y construir su propio futuro.
Hoy, cuando acompaño a una madre en sus primeros momentos de incertidumbre, cuando aliento a un padre mientras aprende a sostener y consolar a su recién nacido, o cuando tranquilizo a unos padres agotados y abrumados, llevo conmigo mucho más que conocimientos profesionales.
Llevo el corazón de una madre, la paciencia de una educadora, la experiencia de toda una vida y la calidez de mis raíces peruanas.
Mi mayor recompensa nunca ha sido un título ni una certificación. Es ver cómo una madre recupera la confianza en sí misma, cómo un padre descubre su propia capacidad de cuidar y dar ternura, y cómo una familia comienza a creer en sus propias fortalezas.
Porque sé que detrás de cada bebé que llega al mundo hay unos padres que están aprendiendo, creciendo y que, a veces, en silencio, se preguntan si están haciendo lo suficiente.
Y si algo me ha enseñado mi camino, es que el amor, el conocimiento y el acompañamiento compasivo pueden darnos el valor necesario para alcanzar mucho más de lo que alguna vez imaginamos.
